• 29 septiembre, 2020 08:26

[Opinión] Apuntes sobre los videojuegos como arte (I)

Esta columna de opinión es la primera parte de dos donde hablo del videojuego como arte y deporte.

En el principio de los tiempos existió el conflicto, elemento que es y será parte de los seres humanos por siempre. No hemos podido colocarnos de acuerdo nunca sobre lo fundamental, y por ello nos hemos hecho daño mediante tanta violencia durante siglos. No obstante, la guerra puede ser traducida y representada con otras formas. Una de esas formas es el deporte: el arte de la guerra, pero sin lo feo de por medio.

Un mecanismo que el ser humano pareciera haber creado para distraerse de los males de la guerra eterna es el juego. El acto de jugar es inherente a nosotros casi tanto como lo es el conflicto, y el videojuego no es sino una extensión a ese acto mediante tecnología.

En los videojuegos sigue existiendo condiciones de victoria y derrota, movimiento, toma de decisiones, propiedades y leyes físicas, tal como los juegos que hemos inventado en la vida real, solo que -al traducir a código- el acto de jugar adquiere otros caracteres. Y digo extensión porque se abre un mundo de posibilidades que el juego por sí solo no puede hacer posible: en la vida real no podemos cambiar la gravedad como en VVVVVV, ni hacer que aparezcan rieles mágicos con un dedo como en Train Conductor World o recorrer un mundo realmente mágico e inexplorado como en Breath of the Wild.

En los videojuegos buscamos experiencias que no podemos tener como simples mortales (allí somos otros), y es por eso que critico mucho a los juegos que tratan de imitar a la realidad al pie de la letra como FIFA o NBA 2K (automatizando un montón de cosas en el proceso), porque no creo que deba ser eso lo que se busca; no es replicar, es hacer equivalente. No es aproximar, es traducir.

La discusión más eterna que hemos tenido como «comunidad gamer» y como industria del videojuego en general es la de si los videojuegos son o no arte; discusión que, con el permiso de todos, me parece que siempre ha redundado en cánones que aportan mucho a la comercialización del juego y poco a su entendimiento como arte.

Obvio, el reconocimiento de la industria como un arte (institucional, cabe aclarar) sería algo positivo para la industria: significa mayores estudios alrededor del videojuego, más y mejores cifras sobre su desarrollo y consumo, más apoyo a desarrolladores y mayor acceso a un producto cultural que requiere un doble esfuerzo económico (consola + juegos) que no es nada barato.

Pero hoy me voy a alejar de esa discusión, de la cual puedo hablar en otra ocasión, para hablar enteramente de los videojuegos como expresión artística. Esa parte donde nunca estaremos de acuerdo, pero tampoco es demasiado grave que sea así.

El arrrte

Para elaborar una discusión así, lastimosamente toca volcarse de nuevo a la eterna pregunta «¿Qué es el arte?». Respuestas hay muchas fuera de los consensos institucionales de los que ya hablé, y la mía sería que el arte es la expresión más pura de la cultura.

Bueno… «¿Y qué es cultura?» pues ese conjunto de expresiones humanas, tangibles o intangibles, que generamos con algún significado. Desde los edificios y la manera de hacerlos hasta nuestras leyes; desde nuestras religiones hasta lo que hemos fabricado con ciencia (y la ciencia misma); nuestros lenguajes y nuestras costumbres y -por supuesto- está el arte. El arte que busca plasmar visiones de mundo en muchos moldes distintos, sean estos el sonido, lo audiovisual, la actuación en vivo, las imágenes, la escultura, arquitectura, el movimiento corporal y la interacción (videojuegos).

En esa interacción está el meollo del asunto, porque lo que hemos denominado como arte tiene clasificaciones (como las bellas artes, o las artes plásticas) y estas existen precisamente para diferenciar las formas de hacer arte o, digámoslo así, diferenciar lenguajes que se utilizan para cada arte. No es lo mismo hacer música que escribir un libro y, por supuesto, no es lo mismo escuchar una canción que leer una novela.

Más allá de tanta explicación, ¿dónde entran los videojuegos entonces? Bueno, pues los videojuegos también tienen su propio lenguaje relacionado directamente con la interacción. Esta, según BeetBeatBit, se puede dar de dos formas: la toma de decisiones, que suele derivar en juegos centrados en contar historias; y el movimiento, que da lugar a los juegos que buscan ser dominados (y a veces hasta ser deporte, cosa a la que llegaré en la siguiente parte).

A veces estas formas se entrelazan y crean combinaciones interesantes, pero lo que importa es que son estas variables, bastante lejanas entre sí, las que suelen definir hacia dónde se dirige un juego como obra de arte. Son estas variables las que definen al videojuego como tal. Es por ello que me quejo de los videojuegos que tratan de calcar experiencias de otras artes en vez de traducirlas (error que también es común al traducir el videojuego a otras artes). Esto demuestra, para mí, lo vastas que son las posibilidades del videojuego como arte, mucho más que las de cualquier otra conocida: novelas gráficas, juegos de lucha, juegos de rol, golf en el desierto, juegos donde se explotan las propiedades físicas o se juega con la música.

Los videojuegos son entonces un arte con un trasfondo creativo más bien complejo de entender, porque lo que los hace arte no se puede ver a simple vista. Con el conocimiento suficiente uno puede identificar los acordes de una canción, los planos de una película, los ritmos a los que se baila o la expresión corporal del que actúa; es mucho más fácil que los trazos y colores de una pintura le digan algo a uno de su creación que uno saber qué dice el código de un juego tan solo jugando. Los trucos que utilizan algunos juegos para lograr experiencias únicas requieren de conocimientos técnicos de alto nivel.

Pero algo gracioso de la premisa anterior es que es precisamente el videojuego el medio que considero transmite más fácil, y eso es porque te involucra a ti, sea de cualquiera de las dos categorías de las que habla Beet. Te hace parte de la obra como el que toca un instrumento en una orquesta o dirige la misma.

En el caso de los videojuegos donde priman nuestras decisiones, es la forma de nuestro avance la que permite experiencias imposibles de replicar en cine o literatura. Armar un camino único, una experiencia nuestra en la que influimos directamente. Ahí están Papers, Please, Kentucky Route Zero, Phoenix Wright o incluso Botanicula, donde nuestra decisiones no van necesariamente acompañadas de texto.

También de Beet aprendí que los videojuegos donde prima el movimiento tienen similitudes con otras artes: la danza y la arquitectura juntas más específicamente; danza sobre arquitectura. Esto porque los videojuegos que se centran en el movimiento requieren espacios físicos diseñados con afinidad a la obra, pero también requieren que tú hagas algo en esos espacios. Super Smash Bros es eso, Fortnite también lo es, y Rocket League, Street Fighter II, Mirror’s Edge y Spelunky y Super Mario Bros y tantos títulos más… (Profundizaré más sobre esto en la parte dos).

Pa’ finalizar…

Escribo esto porque quiero que, cuando salgamos de esta discusión y hablemos de los videojuegos como un arte (que ya nos estamos tardando) tengamos conciencia de lo que los hace únicos frente a otras artes. No más ir midiendo con otras varas al videojuego, pretendiendo que debe parecerse al cine o a la literatura para ser «artístico». Prima en este contexto también la idea errónea de que si es bonito, es artístico por ley (mírese, por ejemplo, Gris, Limbo o Journey).

Más aún, escribo esto porque me cansa que la discusión del arte y los videojuegos derive en un argumento que me parece ridículo: que ciertos videojuegos pueden ser arte y otros no. Esto es o todos en la cama, o todos en el suelo. O TODOS los videojuegos son arte, o NINGUNO lo es. El arte es un concepto globalizante y lo que debemos tipificar, si se quiere, es si lo que estamos jugando es buen arte o no lo es.

Cardo

Colombia. 21 años. Estudiante de Gestión Cultural y Comunicativa. Amante de los videojuegos y apasionado escritor