[Opinión] Una nueva generación de consolas, ¿hacia dónde vamos?

El año pasado, durante la transmisión de The Game Awards, hubo una revelación que estuvo en boca de todos: la nueva Xbox Series X, el salto de Microsoft a la nueva generación de consolas con un diseño similar a un PC de escritorio y que llegará este 2020.

Le siguió la filtración de los kit de desarrollo de Playstation 5; aunque la consola de Sony ya había sido anunciada y tenía nombre, fue el feo modelo -que esperemos sea preliminar- el que movió redes en esta ocasión.

Mientras tanto, seguimos en una generación de consolas sin precedentes: ha durado ocho años antes de la transición, más que ninguna otra generación hasta el momento, y eso, a mi parecer, evidencia algo importante: hoy no nos hace falta tan fuertemente un nuevo hardware con el que jugar.

Claro es que esta percepción que encuentro bastante generalizada (aunque poco analizada) puede tener una fuerte relación con el auge de los juegos multiplataforma en PC, cuyas versiones -si posees el hardware suficientemente avanzado- llegan a ser varias veces superiores gráficamente a las de las consolas. A esto se le puede sumar la pronta derrota del mercado portátil frente a los dispositivos móviles.

Más allá de que hoy se juegue en computadoras personales y dispositivos móviles más que nunca, y del peso que dicho factor tiene sobre el alargue de esta octava generación, toca hablar de la percepción que existe sobre las consolas que hoy tenemos en el mercado. Esto se debe a que siento profundamente que las generaciones se seguirán alargando cada vez más porque el factor gráficos realistas cada vez impacta menos en lo que quiere el consumidor; no porque haya dejado de ser importante, la gente sigue botando baba por Ray Tracing, teraflops y yo no sé cuántas cosas más, sino porque ya se da por sentado.

Se apunta a que el avance de la industria es la mejora tecnológica, cosa que no es mentira, pero tampoco es la verdad al completo. Y ante esta semi-verdad tan extendida y ante la inminente llegada de las nuevas consolas, creo que como jugadores nos toca parar un momento y preguntarnos…

¿Hacia dónde vamos?

¿Hacia la creación de cada vez más juegos que se parecen entre sí dentro de los mal llamados Triple A? ¿Hacia la búsqueda de más juegos que se vean espectacular pero que lleven de la mano al jugador todo el tiempo?

No soy el primero ni seré el último que se queje de que sea la calidad gráfica un elemento significativo a la hora de juzgar a una máquina (o peor, a un videojuego), y espero que la indignación al respecto siga latente ahora que la grafiquitis y la secuelitis aguda se han tomado a la industria fuertemente.

Mi réplica ante los anuncios de Microsoft y Sony es clara, entonces: no, por allá no es. Al menos aún no. Tantos años de colocar oídos sordos a los grandes nuevos exponentes de la industria han creado la idea de que es así, pero la industria solo podrá avanzar en tanto pueda mirar atrás y comprenderse como arte; arte que, además, no tiene que parecerse ni al cine ni a la literatura ni a nada más, porque somos una industria única y, me atrevo a decir, con mayores y más interesantes posibilidades que los otras.

Oídos sordos ante las palabras que Reggie Fils-Aimé dijo con tanta razón durante aquella misma ceremonia: que los indies son el futuro, ellos son los que tienen esas nuevas ideas sin las cuales la industria hoy día estaría estancada entre fotorealismo y películas disfrazadas de juego.

Para lograr ese futuro, la industria debe entender que su arte está en el código, en la interacción, las físicas y las decisiones. Solo así puede darse el lujo de hablar de teraflops y fotogramas por segundo como se habla tan comunmente hoy.

Algo que, en un mundo donde queremos mejor accesibilidad en los videojuegos (que no sean tan costosos, que puedan ser jugados por personas por discapacidad y demás) debería estar claro. Pero se confunde algo tan simple como eso con disminuir dificultad, ser complaciente con el que juega.

Así que, queridos lectores de Aporte Sur, los invito a tomar posición valientemente frente a los nuevos colosos videojueguiles que caerán este año. A no dejarse llevar por el exceso de publicidad de aquellos juegos que se anuncian con mucho bombo y no suelen ser tan valiosos. A no amarrarse a una definición estandarizada de lo que es un buen juego, ni acostumbrarse a que entre más cómodo sea jugar siempre es mejor.

Pero, sobre todo, a echarle a un vistazo a aquellos incomprendidos, no tan famosos, extraños juegos que suelen pasar desapercibidos. Porque para mí allí está el futuro, allí es hacia donde debemos ir.

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